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La Coctelera

CONSTAN FERNANDEZ

TDAH Cuando llegó la carta de mi hermano Antonio, reclamándome para emigrar a Cuba, mi corazón palpitaba a mil por hora. Corría el año mil novecientos cincuenta. Todo era pobreza, miseria, en casa estábamos sin recursos. Tenía el p

30 Junio 2009

"EN EL VINO ESTA LA VERDAD" CONSTAN FERNÁNDEZ

“In vino verítas”

Si bebo, me lo consiento y si lo consiento, bebo. Me dije a mí mismo, tomando una copa de vino. Me gustaba alternar por las cantinas de Valladolid.

Era  hombre de dinero, creía  que tenía  mujer.  Era de aquellos de los que las mujeres  llamaban  "es uno de gran  nivel". Me embriagaba y me embriagaba, hasta sentirme joder.

Bueno en el trabajo. El apellido Sánchez. Y el vino, Ribera de Duero crianza, me hacia venerar la tierra.

¡Como me gustaba el vino! No le bebía, le besaba. Le besaba, como un hombre besa a una mujer, cuando la ama. Acariciando su cuerpo, sintiendo el ardor que desprende su aroma, su acidez de locura y de placer.

Mi vida se truncaba día a día en las cantinas, me perdía la soledad. Me mataba, el refugio del calor del tinto, que tanta adoración tenía.

Cuando iba al retrete, bastante ebrio, sentía pena, rabia y amargura, sentía que me desvanecía. Me tenía que sujetar en el arandel de la escalera. Sintiendo a la  par, sin llegar a ruborizarme, que me caía.  Tenia que ser fuerte, el vino me daba fe.

Amante de mi ciudad, de mi trabajo, los clientes me asedian: -¡Buenos días, buenas tardes, buenas noches!, ¡Todavía! Exclamaciones que la gente hacia y que mi mente presumía.

Mi mujer, siempre seca y fondona, no me quería. Solo me daba el cuerpo, cuerpo sin vida.  Era un cuerpo sin amor. El amor de los años, el amor de la vida. Yo buscaba un consuelo y quizás una vida o quizás un aliento,... el aliento de vida, el aliento del vino, del vino del día.

El otoño se aproximaba. Comenzaban  los vendimiadores su duro trabajo. Yo mientras buscaba refugio en el  abrazo del vino, el cual era ardiente como el anhelado sol del verano.

Me gustaría despertarme dormido en otras manos, sintiendo el susurró del río Pisuerga  que me apoyaba  y latía conmigo. Quería  beber y beber otra copa de vino, sintiendo baladas y la copa conmigo. Ella me chillaba, me negaba, me humillaba, no me da lo que buscaba  en otros caminos. No sentía, no placía, no gemía, no sabia el sabor que sentía  con  el vino.

Una copa, dos copas, tres copas, empezaba a sentir. Quizás esta noche, la muñeca sería mía. La miraba, me miraba y sonreía. -¿Qué sería de la cantina sin vosotros?, decía. -No te sientas vulgar en la noche, ni te sientas vulgar en el día, vales más que un sultán. Eres digno de tenerte hombre, hombre de sabiduría .Las palabras de la jovenzuela me llenaban de cortesía.

Triste y desapacible mirando el contorno de la jarra, el  abatimiento hizo que me sentara  rígidamente  en el escañil. Bebí la sangre de Cristo. Ya  era un calvo prematuro, ¡Que feo! en la oscuridad me sentía, algo mansurrón.

En las bodegas, miraba la  labor de  asediar el vino. Sus barricas grandes de madera,  cada una con su nombre, donde miraba y saboreaba a la vez que aprendía a catar.

Oí  voces en el exterior, no eran más que murmullos de niños.

Había asaltado un codillo, despedazándolo con mis manos, saboreando la sabrosura del hueso y la carne salada. Con ello, había aumentado mi sed. Y aumenté la cantidad de  consumo de vino. Entre paseos solemnes que no me llevaban a nada, me quedé en la bodega enroscado en una manta, profundamente dormido.

Por la mañana, tras un opíparo desayuno, me dirigí a la ciudad. Cansado, sucio y sin ganas de nada, el vació se apoderaba de mi. Otra vez sentía sed, sed de la vida .Entré en la cantina sucia y ahumada. Allí, en la taberna no sentía el vació de vivir, la muchacha sonreía picara. Su conversación sutil, no me importaba, con su sonrisa bastaba..

Comencé a beber junto a mi primo Luis, siempre le he querido mucho. Empinábamos el codo hasta perder la gravidez y comenzábamos a flotar y a decir alguna que otra ordinariez.

Despuntaba  con la bebida, el alcohol me sobresalía. En un escondrijo me refugiaba de la vida en el silencio de la noche, no podía más. Todo me atormentaba: los ruidos, los murmullos,  que más da....

La dura piedra de la calle hacia que arrastrara todo lo que quedaba de mí.  No obstante,   pude caminar hasta la casa. Entre la luz  de mi mente,  desolándose conseguí  llegar. Sentí las manos desmayadas, a la luz de la luna. Ella me iluminaba, guiándome hasta el hogar, con su cara de mujer.

En el hogar, me calenté con el fuego que desprendía la lumbre. Mi mujer me sacaba de quicio. Yo no sé lo que quiero, ni sé bien quien soy, me siento algo sólido.

Me gustaría que la muchacha bailará al compás de mí, tomando cantando y riendo.  Me encontraba tan mal, de haber tomado tan rico vino, que prepare una  pócima y  sorbo a sorbo   me la tome.

Entre otras cosas, no soportaba el humo del viejo candil.  La casa sin ser antigua,  estaba muy recargada. En la entrada, la puerta maciza de roble oscuro, de un palmo de ancha, cuyos cerrojos chirriaban agudamente, causando algo de espanto. En el dormitorio, el tocador de caoba con enseres de plata, quitando todo el hedonismo, hasta hacer que los detestara.

Cuando bebía el rico vino entraba calor y aunque hacia frió, dada  la época del  año,  me quedaba únicamente con el jubón. Pasaba a tener algo de alegría, tarareando alguna que otra canción. Eran letras frívolas, letras sin amor, letras  de amargura, de llanto y dolor.

Buscaba cariño, Luis me trataba con paciencia, cariño y dilección. Aunque yo no le contará,  él  sonsacaba mis problemas de amor. El alcohol creaba en mí todos los días, un dilema.

A media tarde, después de trabajar y sin acicalarme, entraba en la cantina. Tenía el cabello lacio, sucio. Me sentía sediento de vino.

Era un árbol, mi vida se extendía como las ramas. Me extendía en la vida, aferrado en los brazos de quienes ya no aman.

Sin progresar, yo buscaba un hijo, ella no quería. Con lágrimas imprevisivas, con mi dolencia, buscaba cariño fuera del hogar. Borracho y en otro aposento hacia sexo desganado. Hasta que ella se entero y me desposeyó.

Todo había  cambiado, me rodeaban villanos. Sentía artos en el estomago. Con el desafecto hacía mi  esposa, mi abandono que me llevaba hasta morir.

En mi   vida todo eran muestras de  acrimonia...

Todo era oscuridad, sin vida, creía  que ya no vivía Dios a mí  lado. La luna venía  y un ángel me daba todo lo que yo pedía. Le pedía algo más de vida y que me sacará de aquel infierno donde yo vivía. En pocos minutos quedarme dormido, a la solisombra, o que Dios me indique donde debo ir. Me siento perdido, soy un alelí, soy como un  hereje, me quedo apartado, vació y a un lado.

Si pudiera olvidar el pasado, me olvidaría de la taberna,  de la muchacha, de sus ojitos y de sus palabras tiernas que me elevaron al cielo, ¡hombre de tanta imprudencia!

Atrás se quedo la loca dando voces de  histeria. Su ira era tan grande, que me llevo a la miseria, a hundirme en lo más hondo, en un pozo  de inconsciencia. Nadie me apoyo en mi mundo, solo y lleno de vergüenza  por que yo también la tengo, aunque el vino me da fuerza con ironías y bobadas. Presiento que doy pena.

Yo necesitaba algo que me quitase las penas y las moje con el vino, con esto pague mis consecuencias. Yo soy un hombre de arte, un bohemio que ama en pena y mi vida deshojada, hoy condujo a mi  condena.

Un día me dirigí hacia los Picos de Europa. Conducía mirando a través del follaje. Los árboles me miraban, recordándome, todo eran sombras blancas. La velocidad y el alma se apodero de mí. Mil pedazos. Un aliento, en un suspiro pensé, la muerte será el olvido, el alma el anochecer. Una mano grande y firme me aferraba a la vez que  me decía: Piti, Piti, piti, Piti.

Traspase un túnel blanco, donde a la paz me allegaba. No sé donde estoy ahora....

Creo que es la quimera, el estado de mi debilidad.

Creo que será cosa de la dádiva tica

CONSTAN FERNÁNDEZ

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